Cómo datar un bidón de ciclismo vintage: la guía del coleccionista

En un mercadillo, entre herramientas oxidadas y postales amarillentas, aparece de vez en cuando un bidón de ciclismo que nadie sabe fechar. ¿Es de los años cuarenta o de los setenta? ¿Vale algo o es una réplica moderna disfrazada de antigua? La buena noticia es que un bidón, como una moneda o un sello, lleva escritas sus propias pistas: el material con que está hecho, la forma del tapón, el lugar donde se sujetaba a la bicicleta y el logotipo que lleva impreso. Aprender a leerlas es, en el fondo, aprender a leer un siglo de ciclismo.

Corcho y metal: la pista más antigua

La primera pista es el material. En 1897, el estadounidense John Lines patentó para la Sovill Manufacturing Company un vaso plegable de metal pensado para llevar en el bolsillo del ciclista. Pocos años después, en el primer Tour de Francia de 1903, los corredores ya llevaban bidones de metal sujetos al manillar, metidos en bolsas de cuero o simplemente encajados en el maillot, y los rellenaban de agua, leche, vino o lo que encontraran en fuentes y ventas del camino. Durante más de medio siglo, hasta bien entrada la década de 1950, el bidón fue casi siempre de metal (a veces con acabados de aluminio o acero) y se cerraba con un tapón de corcho, torpe e incómodo pero eficaz. Si el bidón que tienes delante es metálico, pesado y con restos de un tapón de corcho o un cierre roscado tosco, estás casi seguro ante una pieza de la primera mitad del siglo XX.

1897 Vaso plegable de metal 1903 Primer Tour, bidón de corcho 1954 Llega el plástico HDPE 1958 La jaula se muda al cuadro

1954: el año en que el plástico cambió el bidón para siempre

A comienzos de los años cincuenta, químicos de ambos lados del Atlántico aprendieron a convertir el etileno en polietileno de alta densidad (HDPE), un plástico ligero y moldeable. Hacia 1954 ese material empezó a llegar a los bidones del pelotón: adiós al metal pesado y al tapón de corcho, hola a una boquilla que se abría apretando y que permitía beber sin frenar. Es la frontera más clara para cualquier coleccionista. Un bidón de plástico rígido, ligero, con una boquilla de tipo válvula y sin ningún rastro de soldadura metálica pertenece, como muy pronto, a la segunda mitad de los años cincuenta. Cuanto más fino y translúcido sea el plástico, y más simple el mecanismo de la boquilla, más nos acercamos a los primeros modelos de esa transición, todavía toscos comparados con los bidones de hoy.

Antes de 1954 Metal y tapón de corcho Desde 1954 Plástico HDPE y boquilla

De la barra al cuadro: dónde viajaba el bidón

La segunda pista no está en el bidón, sino en dónde se montaba. Durante las primeras décadas, los porta-bidones iban en el manillar, a la vista, porque era el sitio más accesible para un objeto pesado y difícil de manipular. En 1958 eso cambió: las jaulas empezaron a trasladarse al tubo diagonal del cuadro, más cerca del centro de gravedad de la bicicleta, un cambio que acompañó a los bidones de plástico, más ligeros y fáciles de extraer en marcha. Si encuentras una jaula pensada para el manillar, o un bidón con una forma claramente diseñada para ese soporte, tienes otra pista a favor de una datación anterior a finales de los cincuenta. Marcas como Zefal o TA, muy activas en ese cambio, dejaron catálogos de época que hoy son la referencia de muchos restauradores.

Antes de 1958 Bidón en el manillar Desde 1958 Bidón en el tubo diagonal

Un bidón vintage no miente sobre su edad: el material, el tapón y el sitio donde iba montado hablan antes de que lo haga cualquier etiqueta.

Logotipos y serigrafías: el calendario oculto

La tercera pista, y la más divertida para investigar, es gráfica. A partir de los años sesenta y setenta, cuando el plástico permitió una serigrafía en color mucho más nítida que la pintura sobre metal, los equipos empezaron a lucir en sus bidones los mismos logotipos que llevaban en el maillot. Eso convierte cada bidón en un documento fechable: si reconoces el nombre de un patrocinador y sabes en qué años vistió ese equipo, tienes una horquilla de fechas bastante precisa, la misma lógica que ya contamos al hablar de por qué un equipo cambia de patrocinador. Fíjate también en la calidad de la impresión: los primeros años de la serigrafía en plástico dejaban trazos algo toscos y colores planos, mientras que a partir de los ochenta las tintas y los degradados se vuelven más sofisticados. Un bidón sin ninguna marca, con solo el nombre del fabricante grabado en el propio molde, suele ser más antiguo que uno cargado de logotipos de marcas comerciales.

Material y peso del bidón Tipo de tapón o boquilla Forma pensada para la jaula Logotipos y calidad de impresión

El bidón como documento, no solo como objeto

Ninguna de estas pistas funciona sola: un bidón de plástico puede llevar una boquilla sencilla porque es una reedición barata, y un logotipo puede haberse reimpreso en una reedición conmemorativa. Lo interesante es cruzarlas: material, tapón, posición de montaje y gráfica cuentan, casi siempre, la misma historia si el bidón es auténtico. Y cuando las cuatro pistas coinciden, ya no tienes solo un objeto de mercadillo, sino un pequeño testigo de una época concreta del pelotón. Así es exactamente como intentamos mirar cada pieza que reunimos en nuestra colección: no como recuerdos sueltos, sino como capítulos de una misma historia contada bidón a bidón.

Llévate un trozo de esta historia

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Fuente: Bivo, «Quench’d: From Wine Bottles to IV Bags, A Brief History of Hydration on the Bike» (drinkbivo.com). Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.


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