
En cualquier armario con solera ciclista hay una gorrita de algodón arrugada en un cajón, casi siempre heredada de un padre o un tío que nunca corrió una carrera profesional en su vida. Ese objeto minúsculo, con visera corta y una banda elástica que aprieta un poco las sienes, ha sobrevivido a dos guerras mundiales, a la llegada del casco obligatorio y a un siglo entero de cambios de moda. Pocos coleccionistas saben, sin embargo, que antes de convertirse en un capricho retro fue una herramienta de trabajo: protegía del sol, absorbía el sudor y, sobre todo, anunciaba de un vistazo a qué equipo pertenecía quien la llevaba. Esta es la historia de cómo un trozo de tela llegó a contar tanto como un maillot entero.
De la gorra de tweed inglesa a la primera casquette
El primer antecedente documentado se remonta a 1895, cuando una fotografía tomada en el Crystal Palace Park de Londres muestra a un grupo de ciclistas sobre sus altas «high wheelers» tocados con una gorra plana de tela. Aquellas primeras piezas se cortaban en tweed grueso, de ocho gajos, un modelo bautizado como «Harris» que pronto dio paso a la «Plana», antecesora directa de la gorra tipo Ascot. El tweed abrigaba bien en los inviernos ingleses, pero resultaba insufrible en primavera, precisamente cuando arrancaban las grandes carreras del continente. La Primera Guerra Mundial partió al pelotón en dos bandos de estilo: los veteranos que seguían fieles a la gorra de paño y los jóvenes que empezaban a preferir las gorras planas de colegio, más ligeras y menos formales. Ese cisma silencioso, más de sastrería que de reglamento, fue el primer paso hacia la casquette tal y como la conocemos.
Los años veinte: el algodón se pone los colores del equipo
La profesionalización de los equipos durante los años veinte cambió el material para siempre. Nació entonces la casquette de algodón propiamente dicha: ligera, transpirable y teñida con los colores del patrocinador, muy alejada ya del tweed británico. La tela absorbía el sudor de la frente, la visera corta protegía del sol sin restar visión y, en los días de lluvia, evitaba que las gotas cayeran directamente sobre los ojos. Con una banda interior —a menudo recortada de la parte superior reforzada de una media de mujer, según cuentan los cronistas de la época— se conseguía que la gorra se ciñera a la cabeza sin necesidad de ajuste alguno. Era barata, ligera y fácil de lavar: la prenda perfecta para meses enteros de carreteras polvorientas, y la primera en la que un equipo podía estampar su nombre sin que pesara ni molestara bajo el sol de julio.
El podio, el amarillo y la gorra como valla publicitaria
A partir de 1955 empezaron a aparecer los nombres de los patrocinadores bordados en la gorra, y el Tour de Francia introdujo la gorra amarilla a juego con el maillot del líder. La imagen de Fausto Coppi ganando la París-Roubaix de 1950 con su gorra Bianchi, la de Eddy Merckx encasquetado con la Faema durante el Tour de 1969 o la de Bernard Hinault bajo la visera de Renault-Elf-Gitane convirtieron la casquette en un icono tan reconocible como el propio maillot. En el podio, la gorra dejaba de ser una prenda funcional para convertirse en escaparate: la última imagen que se llevaba el público antes de que el ganador levantara los brazos, y una que las marcas aprendieron a explotar regalando miles de ejemplares junto a las caravanas publicitarias de cada carrera.
«La gorra no abriga demasiado ni protege gran cosa de la lluvia: lo que hace, de verdad, es decir de qué equipo eres antes de que abras la boca.» Así se resume el oficio entre mecánicos y directores deportivos de la vieja escuela.
2003, el año en que el casco cambió el pelotón
La foto fija de la gorra bajo el sol se rompió de golpe el 11 de marzo de 2003, durante la segunda etapa de la París-Niza entre La Clayette y Saint-Étienne. El ciclista kazajo Andrei Kivilev, del equipo Cofidis, sufrió una caída sin casco y murió al día siguiente por el traumatismo craneal. Dos meses después, la Unión Ciclista Internacional modificó su reglamento para obligar al uso del casco en todas las carreras profesionales, hasta entonces opcional. La gorra, que durante más de un siglo había protegido cabezas descubiertas del sol y el sudor, perdió de un plumazo su función original: ya no quedaba piel expuesta bajo la cual absorber nada. Muchos coleccionistas señalan justo ese año como la frontera entre la gorra «de carretera» y la gorra que hoy solo se ve en el podio o bajo el casco en los días de frío.
La gorra que resucitó: de residuo funcional a símbolo de estilo
Lejos de desaparecer, la casquette encontró un segundo oficio. Los equipos siguen fabricándola en sus colores para el podio, para llevarla bajo el casco en las etapas de lluvia o frío, y para vendérsela a los aficionados que hacen cola junto a las caravanas publicitarias. Fuera de las carreras, la gorra de ciclista se ha convertido en una pieza fetiche del streetwear y en objeto de deseo para coleccionistas: un ejemplar de época con el logotipo desteñido de un equipo desaparecido cuenta, en un trozo de algodón de apenas veinte gramos, casi tanto como un maillot completo. Marcas y equipos actuales reeditan modelos vintage precisamente por esa nostalgia, y no es raro ver la casquette en la cabeza de gente que jamás ha subido a una bicicleta de carreras.
En nuestra colección de bidones, musettes y gorras guardamos varias de estas piezas, cada una con su propia pátina de sudor y sol acumulados durante décadas. Si te apetece verlas de cerca, puedes recorrer con calma toda la colección.
Llévate un trozo de esta historia
Si te ha picado el gusanillo de la casquette y quieres hacerte con una para el armario (o para rodar de verdad), aquí van algunas ideas relacionadas con la de hoy:
- Gorras de ciclismo de algodón
- Gorras ciclistas estilo retro vintage
- Gorras de ciclismo con protección solar
- Cascos de ciclismo de carretera
Entre nosotros: algunos enlaces son de afiliado de Amazon. Si te llevas algo por aquí, a ti no te cuesta ni un céntimo más y a este rincón ciclista le ayudas a seguir rodando. ¡Gracias! #publi
Sigue leyendo: Qué es una musette (y por qué los ciclistas la tiran).
Fuente: Cycling Weekly, «Icons of cycling: The casquette»; Cofidis Likes Ciclismo, sobre la muerte de Andrei Kivilev y la obligatoriedad del casco en 2003. Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.