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El maillot verde: por qué el premio a la regularidad no es del más rápido

Ilustración: maillot verde

Cada mes de julio, mientras el maillot amarillo acapara portadas y flashes, otra camiseta recorre las carreteras de Francia con menos glamur y más kilómetros en las piernas: la verde. Se la suele llamar «el maillot de los velocistas», pero ahí está la trampa. El maillot verde no premia al más rápido del pelotón, sino al más constante. Y esa diferencia, sutil pero enorme, explica por qué en su historia lo han ganado corredores que casi nunca cruzaban la meta en primer lugar. Vamos a desmontar el mito.

Un premio que nació para que nadie tirara la toalla

El maillot verde apareció en 1953, el año en que el Tour de Francia celebraba su cincuenta aniversario. La organización tenía un problema muy práctico: en aquellas ediciones interminables, los corredores que no aspiraban a la general se bajaban de la bici en cuanto empezaban a sufrir. Faltaban incentivos para los que no eran ni escaladores ni candidatos al triunfo final. La solución fue recuperar una vieja clasificación por puntos —que ya había existido en los primeros Tours— y vestir a su líder con una camiseta bien visible.

El primero en enfundársela fue el suizo Fritz Schär. Pero el sistema de aquellos años era el contrario del actual: en lugar de sumar puntos por buenas posiciones, los corredores acumulaban puntos de penalización por terminar lejos de cabeza, de modo que ganaba quien menos puntos tenía. Fue en 1959 cuando se dio la vuelta a la lógica: desde entonces, más puntos equivalen a más cerca del verde. Salvo una curiosa excepción en 1968, cuando la camiseta fue roja durante una sola edición, la prenda ha cambiado poco desde entonces.

¿Por qué verde y no de otro color?

Aquí no hay épica, hay patrocinio. Como el amarillo homenajeaba al papel del diario L’Auto, el verde salió directamente de la marca del primer patrocinador de la clasificación, La Belle Jardinière, vinculada al mundo de la jardinería y los cortacéspedes. El verde del césped bien cuidado se convirtió así en el color de la regularidad. Una elección comercial que, con las décadas, terminó siendo tan icónica como la propia carrera.

Verde por un patrocinador de jardinería, no por el prado ni por la envidia.

Regularidad, no velocidad: así se reparten los puntos

La clave para entender el maillot verde está en cómo se reparten los puntos según el tipo de etapa. No todas las metas valen lo mismo. En las llegadas planas, hechas para los sprints masivos, el ganador se lleva el botín más grande —hasta 50 puntos en el reglamento actual—. En las etapas de media montaña la cifra baja a unos 30, y en las de alta montaña o las contrarreloj, a 20. A eso se suman los sprints intermedios, un punto de paso a mitad de recorrido donde también se reparten puntos jugosos, hasta 20 para el primero que cruza esa línea invisible pintada en el asfalto.

¿Qué significa esto en la práctica? Que no basta con ganar tres o cuatro etapas al esprint y desaparecer el resto del Tour. Para vestir de verde en París hay que puntuar día tras día, colarse en los sprints intermedios, sobrevivir a la montaña sin quedar fuera de control y llegar hasta el final. Es una clasificación de fondo disfrazada de premio para velocistas.

Puntos al ganador, según la etapa Etapa llana 50 Media montaña 30 Alta montaña / CRI 20 Sprint intermedio 20 Ganar el sprint intermedio puede rentar tanto como una cima.

La paradoja: el más rápido no siempre gana

Aquí llega la gran lección del maillot verde. El corredor con la punta de velocidad más explosiva —el que gana los duelos puros a 70 por hora— no es necesariamente quien se lleva la camiseta. Porque ese velocista purísimo suele naufragar en la montaña, se queda sin puntuar durante días enteros y, con frecuencia, ni siquiera termina el Tour. El verde, en cambio, exige llegar a París.

El ejemplo perfecto es Peter Sagan, que ganó el maillot verde un récord de siete veces entre 2012 y 2019. Sagan casi nunca era el más veloz en un embalaje masivo puro; le ganaban corredores más rápidos. Pero era el más completo: aguantaba en las cotas que descolgaban a los sprinters, se llevaba todos los sprints intermedios y puntuaba absolutamente cada día. Antes que él, el alemán Erik Zabel había encadenado seis maillots verdes consecutivos (1996-2001) con la misma receta: constancia por encima de fuegos artificiales. La regularidad, y no el cronómetro de un solo esfuerzo, es la verdadera moneda del verde.

Tres semanas de Tour Velocista puro abandona Corredor regular Puntos grandes pero pocos días. Puntos cada día, hasta París. Gana el verde.

El maillot amarillo mide quién fue el mejor un día concreto: el último. El verde mide quién estuvo bien todos y cada uno de los días.

Lo que un maillot verde cuenta en una vitrina

Para quien colecciona, un maillot verde auténtico es una pieza con una historia distinta a la del amarillo. No habla de un instante de gloria, sino de tres semanas de resistencia. Las camisetas de distintas épocas cambian de tono —del verde más apagado de los años setenta al verde brillante y saturado de los patrocinadores modernos— y ese matiz, junto a los logotipos del patrocinador de turno, ayuda a datar la prenda. Como con los bidones, el detalle está en la serigrafía: el nombre del patrocinador de la clasificación por puntos es una firma de época que sitúa la pieza en su década con bastante precisión.

La próxima vez que veas la camiseta verde en cabeza de una etapa, recuerda que no la lleva necesariamente el más rápido, sino el más terco: el que aparece en la foto día tras día. Si te apasionan estas historias que se esconden detrás de cada prenda y cada objeto del pelotón, échale un vistazo a nuestra colección: cada pieza guarda su propio julio.

Llévate un trozo de esta historia

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Sigue leyendo: Por qué el maillot amarillo del Tour de Francia es amarillo.

Fuente: Wikipedia (Clasificación por puntos del Tour de Francia y Points classification in the Tour de France), Rouleur y CyclingArchives. Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.


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