
Imagina que te acercas a un semáforo en rojo con los dos pies amarrados a los pedales por una correa de cuero que tú mismo has apretado a fondo diez kilómetros antes. Para poner el pie en el suelo tienes que agacharte, buscar a ciegas la hebilla y aflojarla antes de perder el equilibrio. Si no llegas a tiempo, te vas al suelo con la bici encima, todavía enganchado. Durante casi un siglo, así se rodó en el pelotón: sujeto a la máquina y con un punto permanente de miedo en la punta del pie.
Atarse a la bici con una correa de cuero
Los ciclistas descubrieron pronto una verdad incómoda: si el pie va suelto sobre el pedal, buena parte del esfuerzo se pierde en el momento de tirar hacia arriba. La solución llegó alrededor de la década de 1890 con el calapiés: una jaula metálica atornillada a la parte delantera del pedal que envolvía la puntera del zapato, acompañada de una correa de cuero —la famosa «correa del calapiés»— que rodeaba el pie y lo apretaba contra la plataforma.
Aquellos pedales de rejilla, los rat trap (literalmente «trampas para ratas», por su dentado agresivo), pedían además una cala fina con una ranura clavada en la suela del zapato. El corredor metía el pie en la jaula, encajaba la ranura en el borde del pedal y tiraba de la correa hasta dejarla bien tensa. A partir de ahí, pie y bicicleta eran una sola pieza.
La liturgia diaria del corredor
Los profesionales llevaban la correa apretada casi hasta cortar la circulación. Habían comprobado que cuanto más firme era la sujeción, más potencia transmitían en cada pedalada, sobre todo en el esprint y en la subida. El precio era una tortura calculada: dedos dormidos, hormigueos y la necesidad de aflojar la hebilla en los últimos metros de carrera para poder poner el pie en el suelo sin desastres.
Ese gesto —agacharse a tientas para soltar la correa mientras la rueda aún gira— definió a varias generaciones de ciclistas. Cualquiera que aprendiera con calapiés recuerda su primera caída de manual: parado en un cruce, sin tiempo para liberar el pie, desplomándose despacio hacia un costado con la bici pegada al cuerpo. Era casi un rito de iniciación.
Cinelli M71: los «pedales de la muerte»
El primer intento serio de matar la correa llegó de Italia. En 1971, Cino Cinelli presentó el M71, un pedal sin calapiés que estrenó una idea revolucionaria: una cala de plástico atornillada a la suela que se deslizaba dentro de unas guías del pedal y quedaba bloqueada por una pequeña palanca situada en la parte trasera.
Pensado sobre todo para la pista, el M71 tenía un defecto peligroso: para soltarse había que agacharse y accionar la palanca con la mano, exactamente igual que con la correa. De ahí su apodo siniestro, death cleats, «las calas de la muerte». Era más eficiente, sí, pero seguías dependiendo de tu mano para escapar de la bicicleta.
1984: unas botas de esquí lo cambian todo
La solución definitiva no vino de un fabricante de bicicletas, sino de la nieve. Look, una empresa francesa especializada en fijaciones de esquí, aplicó su experiencia al pedal y en 1984 lanzó el PP65, el primer pedal automático de la historia. Igual que una bota se suelta de un esquí, el pie se liberaba con un simple giro lateral del talón; para engancharse bastaba pisar hasta oír el clic.
Aquí nace una de las curiosidades más divertidas del ciclismo: en inglés estos pedales se llaman clipless, «sin clip», precisamente porque eliminaban el calapiés visible de toda la vida. Resulta paradójico, porque son los pedales que más te sujetan a la bici, pero el nombre premia lo que quitaron, no lo que añadieron. En español lo resolvimos mejor: los llamamos «automáticos».
Hinault, Saint-Étienne y la victoria que convenció al pelotón
Ninguna tecnología triunfa sin una historia que la respalde, y la del PP65 la escribió Bernard Hinault, que había colaborado en el diseño. En 1985, con el equipo La Vie Claire dirigido por Bernard Tapie, el «Tejón» ganó su quinto y último Tour de Francia pedaleando sobre los nuevos automáticos.
El momento que lo selló fue una caída brutal en el esprint de la etapa 14, con final en Saint-Étienne: Hinault cruzó la meta con la nariz rota. Lejos de culpar a los pedales, los defendió. La imagen de un campeón ganando el Tour con aquel invento hizo por los automáticos más que cualquier catálogo, y en pocos años la correa de cuero pasó de norma a reliquia.
Durante casi cien años, la mayor destreza del ciclista no fue engancharse a la bici, sino aprender a soltarse antes de caer.
Hoy el calapiés y su correa de cuero son piezas de coleccionista, pequeñas cápsulas de una época en la que rodar rápido exigía un pacto con el miedo. Si te fascinan estos objetos que cuentan la historia del pelotón a través de sus detalles, échale un vistazo a nuestra colección: cada pieza guarda una anécdota como esta.
Llévate un trozo de esta historia
Desde las jaulas de metal de siempre hasta los automáticos que heredaron su idea, aquí tienes con qué revivir —o coleccionar— la evolución del pedal:
- Calapiés clásicos — la jaula metálica de toda la vida, para montar una bici vintage o decorar la vitrina.
- Correas de pedal de cuero — la pieza que había que apretar a fondo y aflojar a tiempo.
- Pedales automáticos de carretera — los herederos del PP65, con su clic característico.
- Zapatillas con calas — el sistema moderno que hizo del giro de talón un gesto natural.
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Fuente: Cyclist, Cycling Weekly y Velominati (historia de los pedales automáticos y de Look), Wikipedia (Look Cycle International, PP65 y Tour de 1985) y The Radavist (origen del término «clipless»). Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.