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El sillín Brooks y otros objetos de culto del ciclismo clásico

Un buen día de 1878, a un fabricante de arreos de Birmingham llamado John Boultbee Brooks se le murió el caballo. Sin montura para ir al trabajo, le pidió la bicicleta a un amigo. Aquellas primeras máquinas no tenían neumáticos, y el sillín estaba tallado en madera maciza. Brooks llegó a la ciudad molido, dolorido y convencido de una cosa: aquello se podía hacer mejor. De aquel viaje incomodísimo nació el sillín de cuero más famoso de la historia y toda una estirpe de objetos que el ciclismo terminaría venerando como reliquias.

El día que a Brooks se le murió el caballo

La casa Brooks se había fundado en 1866, cuando John Boultbee Brooks montó en Birmingham un taller de artículos de cuero: correas, arreos y guarniciones para caballerías. Durante años el negocio marchó sin pensar en bicicletas. Fue aquel percance de 1878 —el caballo muerto, la bicicleta prestada, el sillín de madera— el que le encendió la bombilla. En el invierno de 1882 Brooks aplicó su oficio de guarnicionero a un problema nuevo: tensar una lámina de cuero curtido sobre un bastidor metálico para que aguantara el peso del ciclista y, con el uso, se amoldara a él. Había inventado, sin saberlo, un objeto que seguiría fabricándose siglo y medio después.

Cuero tensado, remaches de cobre y tornillo de tensión

El B17: el producto de ciclismo más longevo del mundo

Entre los muchos modelos que Brooks patentó, uno los eclipsó a todos: el B17. Aparece en el catálogo anual de la marca desde 1898 y ha llegado hasta hoy prácticamente sin cambios, lo que lo convierte, según la propia casa, en el producto de ciclismo más longevo del mundo: más de un siglo fabricándose en Birmingham con una especificación casi idéntica. Es el modelo pensado para el cicloturismo y las largas distancias, y sigue siendo el más vendido de la firma.

Su anatomía es la de una pieza de guarnicionería: una gruesa lámina de cuero vacuno curtido al vegetal, tensada entre la punta y la parte trasera de un bastidor metálico y rematada a mano con remaches de cobre, esos botones dorados que todo el mundo reconoce. En la punta lleva un tornillo tensor. Con los años el cuero cede y se afloja; entonces se aprieta esa tuerca un cuarto de vuelta cada vez, comprobando la tensión después de cada giro, hasta devolverle la forma. Un sillín así no se tira: se mantiene.

El sillín que hay que «domar»

Aquí está la clave del culto. Un sillín de plástico o de espuma es cómodo el primer día y siempre igual. Un Brooks de cuero, en cambio, hay que domarlo, como un buen par de zapatos. Recién salido de la caja va bastante duro —aunque no imposible: se cuenta que uno se rodó de Londres a Exeter en un día, sin domar, y el dueño lo dio por excelente—, pero con los kilómetros el cuero se ablanda y se moldea a la forma exacta de quien lo monta. Al cabo de unos meses, el ciclista y su sillín encajan como una llave en su cerradura.

Ese proceso tiene hasta su liturgia. Brooks fabrica desde antiguo una cera llamada Proofide, la única sustancia que recomienda para nutrir, conservar e impermeabilizar el cuero. Se aplica al estrenar el sillín, varias veces durante el periodo de doma y de tanto en tanto después, extendiéndola con los dedos como quien unta una tostada. No es un gesto práctico solamente: es un ritual, y como todo ritual, crea apego. Por eso un Brooks bien cuidado envejece, se oscurece y adquiere una pátina que ningún sillín moderno puede comprar.

Una leva que aprieta el eje: se abre y se cierra con la mano

La palanca que nació en un puerto helado

El Brooks no está solo en el altar. Al lado tiene otra reliquia con una historia igual de buena: el cierre rápido de la rueda, esa palanquita que hoy abre y cierra un eje en un segundo. La tradición sitúa su origen el 11 de noviembre de 1927, en una carrera que cruzaba el puerto de Croce d’Aune, en los Dolomitas italianos. Un joven corredor llamado Tullio Campagnolo iba en cabeza cuando tuvo que dar la vuelta a la rueda trasera para cambiar de piñón —así se cambiaba de marcha entonces: parando, desmontando la rueda y girándola—. Con el frío y la nieve, las palomillas que la sujetaban se habían congelado y sus dedos ateridos no lograron aflojarlas. Perdió la carrera. Y, según la leyenda, masculló una frase que en Italia se repite como un mantra: «algo hay que cambiar aquí detrás».

Lo cambió él mismo. En 1930 patentó el mecanismo de leva del cierre rápido, y en 1933 salieron los primeros bujes con ese sistema. Aquella palanca fundó Campagnolo, una de las marcas más idolatradas del ciclismo, y sigue montada, casi idéntica en concepto, en millones de bicicletas de todo el mundo. Rara vez una anécdota de mala suerte ha tenido una descendencia tan larga.

Correas, calapiés y otras pequeñas devociones

Baja un poco la mirada, hasta los pedales, y encontrarás más objetos de culto. Antes de que en los años ochenta llegaran los pedales automáticos, el ciclista se sujetaba a la bici con calapiés —esos arcos metálicos que abrazaban la punta del zapato— y correas de cuero que apretaban el pie contra el pedal. Las más veneradas fueron las correas Binda, que llevaban el nombre del campeonísimo Alfredo Binda y distribuía la casa Cinelli desde los años cincuenta. Se consideraban las mejores del mundo, y cuando Cinelli lanzó hacia 1974 una versión con una lámina de plástico intercalada entre dos capas de cuero para que no se estiraran, se volvieron poco menos que insustituibles. Los calapiés del francés Christophe, por su parte, fueron tan buenos que Brooks, Cinelli y Campagnolo acabaron copiando su diseño.

Ninguna de estas piezas es imprescindible hoy. Todas tienen un sustituto moderno más ligero, más barato o más eficaz. Y sin embargo se buscan, se coleccionan y se pagan. ¿Por qué?

Calapiés y correa: sujetos a la bici antes del automático

Por qué coleccionamos hierros viejos

Un objeto se convierte en reliquia cuando reúne tres cosas: una historia que contar, un oficio detrás y una relación personal con quien lo usa. El Brooks las tiene todas. Nació de una anécdota —el caballo muerto—, se fabrica a mano con técnicas de guarnicionería centenarias y exige del ciclista un cuidado, una doma, que ningún objeto industrial pide. Lo mismo vale para la palanca de Campagnolo, hija de un puerto helado, o para las correas Binda, cosidas casi como una prenda. No coleccionamos hierros viejos: coleccionamos las historias que llevan dentro y las manos que los hicieron.

Por eso, cuando un aficionado encuentra un B17 con la pátina justa o un juego de calapiés Christophe en una feria, no está comprando una pieza de recambio. Está rescatando un pedazo de la memoria del ciclismo, uno de esos objetos que se negaron a ser desechables mucho antes de que la palabra «sostenibilidad» estuviera de moda.

Un sillín de cuero no se estrena: se adopta. Los primeros kilómetros son duros; luego, un día, deja de ser un objeto y se convierte en parte de la bici y de ti.

Si tienes en casa un sillín Brooks apergaminado, unas correas resecas o una palanca de cierre rápido con las letras casi borradas, no los tires: límpialos, nútrelos y dales un sitio. Son historia pura. En nuestra colección guardamos precisamente eso, objetos que otros habrían mandado a la chatarra y que aquí siguen contando su historia.

Llévate un trozo de esta historia

Si esta estirpe de objetos de culto te ha picado la curiosidad, aquí tienes por dónde empezar a rodar con ellos:

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Sigue leyendo: Cómo datar un bidón de ciclismo vintage: la guía del coleccionista.

Fuente: Brooks England (historia de la marca y del modelo B17); Wikipedia y sheldonbrown.com (Tullio Campagnolo y el cierre rápido de Croce d’Aune, 1927-1933); classiclightweights.co.uk y archivos de Cinelli (correas Binda y calapiés Christophe). Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.


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