Detrás de cada ataque que te emociona en televisión hay una voz. No la del comentarista: otra más seca, más cansada, que llega por un cable escondido bajo el maillot y dice cosas como «faltan nueve kilómetros, rotonda a la derecha, ve segundo». El ciclismo parece un deporte de hombres solos contra la carretera, pero desde hace un siglo se dirige desde un coche que va detrás, con la ventanilla bajada y un director gritando. Lo único que ha cambiado es cómo llega el grito.
Antes de la radio: gritos, pizarras y mucha imaginación
Durante las primeras décadas del ciclismo profesional, un corredor escapado no tenía ni idea de cuánta ventaja llevaba. Podía ir tres minutos por delante creyendo que iba treinta segundos, o al revés: reventarse para nada. La información llegaba de tres sitios, todos improvisados. El público de la cuneta, que gritaba tiempos casi siempre inventados. Los coches de la organización, que se acercaban cuando podían. Y la pizarra.
La pizarra —l’ardoise— la lleva una persona sentada del revés en la parte trasera de una moto, con una tiza en la mano. Se llama ardoisier y sigue existiendo hoy. Se acerca a los escapados, les enseña el hueco, y luego vuelve al pelotón a enseñárselo a los perseguidores. Por reglamento y por costumbre, la pizarra empieza a sacarse cuando la diferencia pasa de los treinta segundos: por debajo de eso, el pelotón ya se ve a sí mismo. En el Tour de Francia, el puesto lo ocupa desde 2010 Claire Pedrono, la primera mujer en hacerlo.
El coche del director: una oficina rodante a 60 por hora
El coche de equipo es, probablemente, el objeto menos fotografiado y más decisivo de una carrera. Dentro van el director deportivo, un mecánico y un conductor, y encima, bicis de repuesto y ruedas. Dentro también hay una pantalla con la señal de televisión en directo, datos de GPS, el perfil de la etapa y dos radios: la que conecta con los corredores y la que escucha a la organización.
Lo que casi nadie sabe es que ese coche no puede ir donde quiera. La caravana viaja en un orden asignado, con una pegatina numerada en la luna trasera. En las carreras por etapas, el orden lo marca el mejor corredor de cada equipo en la clasificación general: el director del líder va primero y el del último, el último. Salirse de la fila para subir hasta la cabeza requiere permiso expreso de los comisarios. Un director que se salta el orden para llevarle un bidón a su jefe de filas puede acabar multado, apartado de la carrera o las dos cosas.
Radio Tour: la emisora que nadie escucha en casa
Por encima de las radios privadas de cada equipo existe un canal común que oyen todos los coches y todas las motos de la caravana. En el Tour se llama Radio Tour; en la Vuelta, Radio Vuelta. Es la voz oficial de la carrera: anuncia quién se ha escapado, con qué dorsales, cuánta ventaja lleva, quién se ha caído, quién abandona, dónde hay obras en la carretera y qué ha decidido el jurado de comisarios.
Detrás del micrófono del Tour lleva desde 2005 el periodista Sébastien Piquet, que va sentado en el coche de dirección de carrera junto al presidente del colegio de comisarios y al director técnico de la prueba. Casi todo lo que lees en un directo de internet —los nombres de la fuga, los segundos, la caída del kilómetro 60— ha salido primero de esa voz. Radio Tour no informa: es la carrera, en su versión oficial.
1990: Motorola mete un auricular en la oreja del pelotón
La revolución llegó de Estados Unidos. En octubre de 1990, la víspera del Giro de Lombardía, el equipo Motorola —heredero del 7-Eleven, con Andy Hampsten, Sean Yates o Phil Anderson en sus filas— estrenó las radios bidireccionales en el pelotón europeo. Tenía todo el sentido del mundo: el patrocinador fabricaba precisamente eso.
De pronto, el director podía hablarle al oído a cada uno de sus nueve corredores. Decirle a un gregario que se adelantara antes de un tramo de viento. Avisar de una curva peligrosa a treinta kilómetros vista. Ordenar el ataque en el segundo exacto. En una década, el pinganillo pasó de rareza tecnológica a instrumento obligatorio, y con él llegó la queja que no ha dejado de repetirse desde entonces: que las carreras se habían vuelto previsibles, que ya nadie se escapaba por intuición, que el pelotón corría con el cerebro de otro.
La guerra del pinganillo
La UCI lleva casi veinte años intentando quitarle el auricular al pelotón, y el pelotón lleva casi veinte años negándose. El choque más sonado fue en el Tour de Francia de 2009. La organización decidió correr dos etapas sin radios como experimento. En la primera, la décima, entre Limoges e Issoudun, catorce de los veinte equipos protestaron: el pelotón rodó a paso de paseo durante casi toda la etapa y solo corrió de verdad los últimos kilómetros. Ganó Mark Cavendish al esprint, en una jornada que nadie recuerda por la victoria. La UCI renunció a repetir el ensayo en la etapa 13.
En 2011 el pulso se repitió por escrito: la asociación de equipos profesionales votó en contra de la prohibición por 18 votos a 2 y avisó por carta abierta de que no la acatarían. La UCI acabó cediendo en las categorías altas. Hoy las radios están prohibidas en las carreras de juveniles y sub-23, permitidas en el WorldTour, y la Unión Ciclista Internacional sigue probando fórmulas intermedias —como limitar el pinganillo a dos corredores por equipo en determinadas jornadas— sin que nadie se ponga de acuerdo. El reglamento incluso fija el tamaño máximo del aparato que puede llevar el corredor: 150 × 60 × 35 milímetros.
El debate se resume en una pregunta incómoda: si un director puede verlo todo por televisión y decírselo todo al oído, ¿quién está corriendo la carrera?
Lo que sigue viajando por la ventanilla
Con radio o sin ella, hay cosas que solo se dan por la ventanilla. El corredor se descuelga hasta su coche, se agarra un segundo al marco —lo justo, porque agarrarse de más se sanciona—, y recibe lo que hace falta: una rueda, un impermeable, comida y, sobre todo, bidones. El gregario vuelve hacia delante con hasta seis o siete metidos por el cuello del maillot y en los bolsillos, repartiéndolos por el camino. Ese trasiego es el motivo por el que los bidones acaban rodando por las cunetas de media Europa, y el motivo por el que hoy hay coleccionistas que los buscan.
Y la pizarra sigue ahí, con su tiza y su trapo, adelantando a las motos de televisión. Ha sobrevivido al satélite, al GPS y al pinganillo. Porque cuando la radio falla en un puerto —y falla más de lo que parece—, lo único que queda entre el escapado y la nada es un número escrito a mano por alguien que va sentado del revés en una moto. Si te gustan los objetos que cuentan la carrera por dentro, echa un vistazo a nuestra colección: casi todos pasaron por una ventanilla antes de llegar a una vitrina.
Llévate un trozo de esta historia
El coche del director no cabe en una estantería, pero su mundo sí: la radio, la pizarra, las miniaturas y los libros que cuentan cómo se dirige una carrera desde dentro.
- Walkie-talkies de largo alcance — el nieto directo de aquellas radios de Motorola, y muy útil si sales en grupo.
- Libros sobre la historia del Tour de Francia — donde se cuentan las etapas que se decidieron dentro de un coche.
- Miniaturas de coches de equipo ciclista — con sus bicis en la baca, para la vitrina del coleccionista.
- Pizarras de tiza pequeñas — la versión doméstica del invento que sobrevivió a toda la tecnología.
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Sigue leyendo: Por qué los ciclistas tiran los bidones (y la polémica de las multas hoy).
Fuente: Velo / CyclingTips («Meet Seb Piquet, cycling’s voice in the eye of the storm» y «The Great Radio Debate»), Wikipédia (Ardoisier — cyclisme), franceinfo (reportaje sobre la ardoisière del Tour de Francia, 2022), Prendas Ciclismo (historia del Motorola Cycling Team 1990-1996), Ciclismo a Fondo (crónica de la 10.ª etapa del Tour 2009), Cyclingnews y Reglamento del Deporte Ciclista de la UCI. Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.