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Induráin: los cinco Tours del ciclista que nunca perdía la calma

El 6 de julio de 1996, en la rampa final hacia Les Arcs, un ciclista vestido de Banesto alargó la mano y cogió un bidón. Fue un gesto de medio segundo, de los que se repiten cinco mil veces en una carrera, y los comisarios lo sancionaron con veinte segundos por recibir avituallamiento en el último kilómetro. A Miguel Induráin le dio exactamente igual. «Esos veinte segundos no son nada comparados con el minuto que habría perdido si no llego a coger el bidón», dijo después, con la misma cara con la que había ganado cinco Tours de Francia. Aquel día había perdido tres minutos en tres kilómetros y, con ellos, el sexto. Y siguió sin levantar la voz.

Esa es, en el fondo, toda la historia de Induráin: un hombre enorme que pasó once años en el Tour de Francia sin que nadie le viera perder los nervios ni una sola vez.

El chico grande de Villava

Nació el 16 de julio de 1964 en Villava, un pueblo pegado a Pamplona que hoy es prácticamente un barrio. Su primera bicicleta fue una Olmo verde de segunda mano, regalo por su décimo cumpleaños; se la robaron un año después y tuvo que trabajar en el campo con su padre para pagarse otra. Antes de la bici probó el atletismo, el baloncesto, la jabalina y el fútbol. A los catorce entró en el CC Villavés y corrió su primera carrera en julio de 1978: quedó segundo. Ganó la siguiente.

A los dieciocho fue el campeón de España amateur más joven de la historia. A los veinte, en la Vuelta de 1985, se convirtió en el líder más joven que había tenido nunca la carrera. Ese mismo año debutó en el Tour y se retiró en la cuarta etapa. Volvería once años seguidos.

Medía 186 centímetros y pesaba 76 kilos: por eso le llamaban Miguelón, y por eso el pelotón dio por hecho durante años que era demasiado grande para escalar. Fue gregario de Pedro Delgado en 1988 y 1990; en ese último Tour terminó décimo y renunció a varios puestos esperando a su jefe de filas en la carretera.

Cinco Tours seguidos EL ÚNICO QUE GANÓ CINCO DE FORMA CONSECUTIVA 19911992199319941995 Bugno 2.ºChiappucci 2.ºRominger 2.ºUgrumov 2.ºZülle 2.º 60 días con el maillot amarillo sobre los hombros

1991: el Tourmalet cambia de manos

El favorito del Tour de 1991 era Greg LeMond, que llevaba tres victorias. LeMond mandó en la carrera hasta la duodécima etapa. En la decimotercera, en el Tourmalet, se rompió: perdió más de siete minutos frente a Induráin. El navarro se vistió de amarillo y ya no se lo quitó hasta París.

Lo que vino después fue una rutina de cinco años que los franceses tardaron en perdonarle. En 1992 ganó el prólogo de San Sebastián, lo perdió al día siguiente y lo recuperó en la novena etapa: una contrarreloj de 65 kilómetros en Luxemburgo que terminó tres minutos por delante del segundo clasificado. Por el camino alcanzó a Laurent Fignon, que había salido seis minutos antes que él. Ese año ganó también el Giro de Italia —por 5 minutos y 12 segundos sobre Chiappucci—, el primero de sus dos dobletes Giro-Tour en la misma temporada.

En 1993 repitió la jugada: Giro y Tour, con una crono de 59 kilómetros en el Lac de Madine ganada por 2 minutos y 11 segundos. Estuvo a diecinueve segundos de la Triple Corona: fue segundo en el Mundial de Oslo. En 1994 batió a Tony Rominger por dos minutos en la contrarreloj de Périgueux a Bergerac y, por una vez, atacó en los Pirineos, al pie de los diez kilómetros de Hautacam. En 1995 fue el más redondo de todos: se fugó con Johan Bruyneel en la etapa de Lieja y ganó la crono de Seraing.

La fórmula: ganar contra el reloj, no perder en la montaña

Hay un dato que resume a Induráin mejor que cualquier crónica: en sus cinco Tours ganados no se llevó ni una sola etapa que no fuera contrarreloj. Las dos únicas victorias suyas en el Tour que no fueron contra el crono llegaron antes de ser líder, en los Pirineos: Cauterets en 1989 y Luz Ardiden en 1990.

No era falta de ambición, era aritmética. Los Tours de aquella época incluían entre 150 y 200 kilómetros de contrarreloj, frente a los 50 u 80 habituales hoy. Induráin sacaba minutos enteros en el llano y luego se limitaba a no perderlos en la montaña, pegado a la rueda del que atacara. «Aplastar a los rivales en las cronos y controlarlos en la montaña», resumía la prensa francesa, que no siempre lo decía como un piropo.

Su propio ídolo de infancia se lo afeó. Bernard Hinault dijo en 1992: «Induráin es el mejor corredor de su generación, pero ha ganado este Tour en silencio, sin gran oposición. Si los rivales siguen dejándole hacer, su reinado durará mucho tiempo». Duró tres años más.

El motor: 28 pulsaciones y casi ocho litros de aire

La calma de Induráin no era solo carácter. Su médico durante años, José Calabuig, ha contado en repetidas ocasiones las cifras que le salían en las pruebas: unas 28 pulsaciones por minuto en reposo —frente a las 60-80 de una persona normal y las 35-40 de un ciclista profesional— y una capacidad pulmonar cercana a los ocho litros, muy por encima de los seis habituales en un deportista de su estatura. Su consumo máximo de oxígeno se ha citado en torno a 88 ml/kg/min, más del doble que el de un adulto medio.

Un corazón que late muy despacio bombea mucha más sangre en cada latido. Eso explicaba lo que se veía por televisión: un hombre que subía puertos sin cambiar el gesto mientras los demás hacían muecas a su lado.

El motor de Miguelón 28 PULSACIONES EN REPOSO ≈8 L CAPACIDAD PULMONAR 88 VO₂ MÁX (ml/kg/min) Una persona normal: 60-80 pulsaciones. Un profesional: 35-40. Un deportista de su talla: 6 litros.

Burdeos 1994: 53,040 kilómetros en una hora

El 2 de septiembre de 1994, semanas después de su cuarto Tour, Induráin se subió al velódromo de Burdeos a por el récord de la hora. Recorrió 53,040 kilómetros, arrebatándole la marca al escocés Graeme Obree, que la había dejado ese mismo año en 52,713. Fue la única vez que el pelotón le vio hacer algo parecido a una exhibición gratuita.

El resto de su palmarés fuera del Tour cabe en un párrafo y sigue siendo enorme: dos Giros (1992 y 1993), el Campeonato del Mundo de contrarreloj en Duitama en 1995 y el oro olímpico de la contrarreloj en Atlanta 1996, los primeros Juegos en los que compitieron profesionales. Cuando le preguntaron si cambiaría esa medalla por un sexto Tour, contestó que sí sin pestañear: «Ganar el Tour es la cima de la carrera de cualquier ciclista; el título olímpico es puramente simbólico».

Les Arcs, un bidón y la puerta de salida

El Tour de 1996 empezó mal: séptimo en el prólogo, una bronquitis en una primera semana fría y lluviosa. Y llegó el 6 de julio. «Las piernas empezaron a sentirse raras», contó, «pero como el grupo no iba muy rápido no le di importancia. Incluso me imaginé atacando al pie de Les Arcs». Perdió tres minutos en tres kilómetros. Cogió el bidón. Le cayeron los veinte segundos. Terminó undécimo aquel Tour, que ganó Bjarne Riis.

En septiembre corrió la Vuelta a instancias de su equipo y se bajó de la bicicleta en el Mirador del Fito, a treinta kilómetros de Covadonga. El 1 de enero de 1997, en el hotel El Toro de Pamplona, leyó ante trescientos periodistas una declaración de treinta líneas y se marchó sin admitir preguntas: «Es una decisión larga y profundamente meditada, sobre todo porque físicamente estoy en condiciones de ganar un sexto Tour. (…) Cada año se hace más duro y creo que he pasado suficiente tiempo en este deporte. Mi familia me espera».

Burdeos, 2 de septiembre de 1994 53,040 kilómetros en una hora Récord anterior: 52,713 km (Graeme Obree, 1994)

Parece hacerlo todo muy despacio, como si intentara ahorrar energía incluso aquí. Parpadea a media velocidad, pero la mirada de sus ojos marrones es firme. Fuera de la bicicleta parece tan relajado como encima de ella, y sin embargo sabes que estás delante de un gran corredor.

Cycling Weekly, sobre Miguel Induráin

Induráin es, además, un caso raro para los coleccionistas: conserva casi todo su material —maillots, bicicletas, equipación— y por eso las piezas auténticas suyas apenas circulan. Sus regalos, cuando los hizo, fueron memorables: al papa Juan Pablo II le entregó un maillot amarillo del Tour y una maglia rosa del Giro. Lo que sí queda al alcance de cualquiera es la memoria material de aquellos años: los bidones de Banesto, las gorras de algodón, las musettes con el logo del banco. Puedes verlas en nuestra colección.

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Fuente: Wikipedia (Miguel Induráin, Tour de Francia 1991-1996), Eurosport, Ciclo21 y la entrevista al doctor José Calabuig publicada en Trendencias. Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.


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