
En 1903, cuando el primer Tour de Francia soltó a un puñado de temerarios por caminos de tierra sin asfaltar, el enemigo no era solo la montaña ni el rival: era el polvo. Nubes de grava, insectos y barro que se metían en los ojos a treinta por hora y podían dejar ciego a un hombre en plena etapa. La solución vino prestada de otro oficio y de otra guerra. Así arranca la historia de un objeto que hoy define la silueta del ciclista tanto como el maillot: las gafas.
Durante más de un siglo, ese trozo de cristal y plástico ha pasado de ser un apaño de supervivencia a un artículo de deseo, de las toscas antiparras de cuero a las Oakley de neón que escandalizaron a media Europa. Este es el recorrido.
Cuando los ojos eran el punto débil
Las primeras gafas no llegaron al pelotón para tapar el sol, sino para frenar la suciedad. En aquellas carreteras sin pavimentar, la protección era una necesidad médica, no una moda. Y los ciclistas hicieron lo que hacían todos los pioneros del motor y del aire de la época: recurrieron al excedente militar. Grandes antiparras de aviador hechas de cristal y cuero, herederas de la Primera Guerra Mundial, se convirtieron en el equipo estándar. Campeones tempranos como Octave Lapize, Philippe Thys u Ottavio Bottecchia corrieron y ganaron con esas gafas de piloto ceñidas a la cara con una correa.
Lo curioso es cuánto duró el invento. Las antiparras siguieron siendo el estándar del ciclismo hasta bien entrados los años cincuenta: el cuero fue cediendo su sitio al caucho y las monturas se aligeraron, pero la idea seguía siendo la misma que la de un aviador de biplano.
Coppi y el salto a las gafas de sol
Hubo que esperar a los años cincuenta para ver en el pelotón algo que hoy reconoceríamos como unas gafas de sol. Y el responsable del cambio de estilo tiene nombre y apellido: Fausto Coppi. El campionissimo popularizó el modelo aviador, ligero y elegante, y como buen italiano lo lucía con un aire de estrella de cine que ninguna antiparra de cuero podía dar. No era casualidad: en aquellos años, Persol y Ray-Ban estaban a la vanguardia del diseño de lentes y monturas, y las gafas de sol vivían un boom gracias a Hollywood y a la cultura del ocio de posguerra.
Pero conviene no exagerar: la adopción fue lenta. Coppi y unos pocos elegantes se pasaron a las gafas de sol mientras la mayoría del pelotón seguía con las viejas antiparras o, sencillamente, sin nada en la cara. La gafa de sol era todavía cosa de divos, no de gregarios.
1985: LeMond, Oakley y el escándalo del neón
El terremoto llegó de California. En 1984, una marca joven fundada por Jim Jannard presentó las Oakley Eyeshade, unas gafas que hacían saltar por los aires todo lo anterior. Estaban fabricadas en Zytel, un material casi irrompible, y su forma partía de una idea sencilla y radical: coger la montura de unas gafas de motocross y ponerle patillas en lugar de la goma elástica que las sujetaba a la cabeza.
Oakley envió un prototipo al joven estadounidense Greg LeMond a principios de 1984, y este empezó a competir con ellas en 1985. El detalle que lo cambió todo fue el color: un amarillo neón chillón que el pelotón europeo, criado en el respeto a la tradición, encontró directamente ridículo. LeMond aguantó las miradas de reojo del establishment y siguió ganando. Cuando conquistó su primer Tour de Francia en 1986, aquellas gafas estrafalarias iban prendidas a su cara en las fotos que dieron la vuelta al mundo.
El pelotón se rió de las gafas amarillas hasta que descubrió que no podía dejar de ganar con ellas.
El resto fue una estampida. Para 1987, la mitad del pelotón corría con Eyeshade, y en aquel Tour los corredores perseguían a Jannard por los hoteles pidiéndole un par. En pocas temporadas, unas gafas que se consideraban una excentricidad se habían vuelto un artículo de primera necesidad.
De la Eyeshade a la M Frame
La Eyeshade abrió la puerta, pero el modelo que consagró la estética envolvente del ciclismo moderno llegó al final de la década. En 1989, Oakley presentó un diseño bautizado internamente como «Mumbo» que un año después saldría al mercado como M Frame. La primera tanda ofrecía tres colores de montura —blanco, negro y el inevitable amarillo neón— y tres formas de lente distintas. La M Frame se convirtió en el objeto que todo ciclista que se preciara quería tener.
A finales de los noventa y principios de los dos mil, esa silueta quedó ligada para siempre a un rostro: el de Lance Armstrong dominando los Alpes. Para entonces, la pregunta ya no era si un ciclista llevaba gafas, sino cuáles. El accesorio de supervivencia se había convertido en identidad visual, en publicidad andante y en seña de estatus dentro del pelotón.
Qué mirar si coleccionas gafas ciclistas
Para el coleccionista, las gafas son un territorio apasionante y traicionero. Las Eyeshade originales de los años ochenta son piezas muy buscadas, hasta el punto de que Oakley las reeditó en 2014 para celebrar su treinta aniversario —una tirada limitada que se agotó a toda velocidad—. Eso significa que hoy conviven originales, reediciones y falsificaciones, y distinguirlos exige ojo.
Fíjate en el material: el Zytel de las primeras Oakley tiene un tacto y un peso característicos que las réplicas baratas no reproducen. Revisa los grabados de la marca, el estado de la lente y la coherencia entre montura y época —un color o una patilla que no encajan con el año delatan un montaje—. Y desconfía de los estados «demasiado perfectos» en piezas que deberían tener cuarenta años encima. Como con los bidones, aquí la historia también está en los detalles.
De las antiparras de cuero de Bottecchia al amarillo neón de LeMond, las gafas cuentan un siglo de ciclismo en miniatura: la del polvo, la del glamour italiano y la de la revolución californiana. Si te pica el gusanillo de tener una de esas eras en la mano, échale un vistazo a nuestra colección.
Llévate un trozo de esta historia
Ya sea para rodar o para exponer en la vitrina, estas son algunas piezas relacionadas con la historia que acabas de leer:
- Gafas de ciclismo fotocromáticas — la evolución moderna de aquella lente que buscaba domar la luz.
- Oakley para ciclismo — la marca que empezó todo el escándalo del neón en 1985.
- Gafas polarizadas envolventes — herederas directas de la silueta que impuso la M Frame.
- Gafas retro estilo vintage — para quien prefiere el aire aviador de la época de Coppi.
Entre nosotros: algunos enlaces son de afiliado de Amazon. Si te llevas algo por aquí, a ti no te cuesta ni un céntimo más y a este rincón ciclista le ayudas a seguir rodando. ¡Gracias! #publi
Sigue leyendo: La gorra de algodón: del podio del campeón a la cabeza del aficionado.
Fuente: Velo (Outside Inc.), «A brief history of cycling sunglasses»; Cycling Weekly, «Icons of cycling: Oakley M Frame» y «Changing the face of cycling»; Rouleur, «Glazed Over: Sunglasses of the 20th Century Peloton». Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.