El 25 de julio de 1904, un día después de que la caravana entrara en París, Henri Desgrange escribió en L’Auto la frase más amarga de su vida: el Tour de Francia había terminado, y su segunda edición, se temía, habría sido la última. No hablaba de la jornada. Hablaba de la carrera entera. En apenas veintidós días, el invento que un año antes había salvado a su periódico de la quiebra se le había ido de las manos: emboscadas nocturnas, clavos esparcidos a puñados, corredores apedreados y, según los rumores que ya recorrían Francia, más de un ciclista que había hecho parte del camino sentado en un tren.
Cinco meses después, el ganador ya no era el ganador. Ni el segundo, ni el tercero, ni el cuarto. El maillot —todavía no existía el amarillo, eso llegaría en 1919— acabó en la espalda de un chaval de diecinueve años que había cruzado la meta en quinta posición y que hoy sigue siendo el vencedor más joven de la historia del Tour.
Una carrera que empezaba a medianoche
El Tour de 1904 se disputó entre el 2 y el 24 de julio y repitió casi punto por punto el trazado de 1903: seis etapas y 2.428 kilómetros repartidos en seis mordiscos descomunales. La primera, de Montgeron a Lyon, medía 467 kilómetros. La última, de Nantes a París, 471. Entre etapa y etapa había varios días de descanso, porque de otro modo aquello era sencillamente imposible.
Se salía de noche para que los corredores llegaran a meta con luz, lo que significa que buena parte de la carrera se disputaba a oscuras, en carreteras sin asfaltar, sin coches de equipo y sin más asistencia que la que uno pudiera llevar encima: el reglamento prohibía el auxilio mecánico y hasta recibir comida fuera de los controles. La oscuridad, además, tenía un efecto secundario que nadie había calculado: nadie veía nada. Ni los jueces, ni los periodistas, ni los propios ciclistas.
La emboscada del Col de la République
El desastre empezó en la segunda etapa, Lyon-Marsella, salida a medianoche. Cerca de Saint-Étienne, el corredor local Antoine Fauré pasó en cabeza y unos doscientos vecinos decidieron ayudarle a su manera: bloquearon la carretera para que nadie lo siguiera. Lo que vino después no fue una protesta, fue una paliza. Maurice Garin, el vigente vencedor, se lesionó una mano. El italiano Giovanni Gerbi quedó inconsciente en la cuneta con varios dedos rotos y tuvo que abandonar. Los comisarios solo lograron dispersar a la multitud disparando al aire.
Unos kilómetros más adelante, alguien había sembrado la calzada de clavos y cristales rotos. Fauré coronó el Col de la República en cabeza, cómo no. Y al llegar a Marsella, los corredores pidieron en bloque que se anulara la etapa: habían sido detenidos otra vez por un grupo de ciclistas ajenos a la carrera, Garin había recibido un golpe en el brazo y entró conduciendo con una sola mano. En el último control hubo tal confusión que ni siquiera se anotaron bien los tiempos de llegada.
Nîmes: piedras, barricadas y una bicicleta partida
La tercera etapa pasaba cerca de la casa de Ferdinand Payan, un corredor expulsado días antes por recibir ayuda ilegal. Sus vecinos lo tomaron como una afrenta personal. En Nîmes levantaron barricadas y apedrearon al pelotón. Varios ciclistas resultaron heridos y a César Garin —hermano de Maurice— le destrozaron la bicicleta: perdió un cuarto de hora buscando otra. Más allá, otra vez clavos y cristales; esta vez los corredores atravesaron el tramo caminando junto a la bici.
El sabotaje era tan cotidiano que en la quinta etapa Henri Cornet recorrió los últimos cuarenta kilómetros con las dos ruedas pinchadas, porque arreglarlas con ayuda estaba prohibido. Y mientras el público hacía de las suyas, los corredores hacían las suyas: remolques de automóviles, ciclistas amigos que tiraban de ellos, descansos en un coche a la sombra y, el pecado capital, trayectos en tren. Nueve corredores fueron excluidos durante la propia carrera.
El veredicto que tardó cinco meses
En la meta de París, la clasificación decía lo que todos esperaban: Maurice Garin primero, con 93h 06′ 24″, seguido de Lucien Pothier a 6′ 28″, de César Garin a 1h 51′ y de Hippolyte Aucouturier —ganador de cuatro de las seis etapas— a 2h 52′. Desgrange, que había sancionado a quien le pareció, dio la carrera por cerrada.
La Unión Velocipédica Francesa no. A raíz de las denuncias de otros corredores abrió una investigación, escuchó a decenas de testigos y en diciembre de 1904 publicó un fallo demoledor: descalificados los cuatro primeros de la general y todos los ganadores de etapa, doce corredores en total. Las sanciones llegaron a veintinueve ciclistas. Diez fueron suspendidos un año, Maurice Garin dos, y otros dos quedaron apartados de por vida. De los veintisiete que habían terminado el Tour, solo quince conservaron su puesto.
Y aquí viene lo más extraordinario del asunto: los motivos concretos de cada castigo nunca se hicieron públicos. Las cartas y los expedientes que sustentaban el fallo se guardaron en los archivos del Tour y se perdieron en 1940, cuando la documentación se evacuó hacia el sur huyendo de la invasión alemana. Jamás volvieron a aparecer. Sabemos que hubo trampas y sabemos quién pagó por ellas, pero el sumario del escándalo fundacional del ciclismo es, literalmente, un archivo desaparecido.
Un campeón de diecinueve años
El beneficiado fue Henri Cornet, quinto en la carretera, que con diecinueve años se convirtió en el ganador más joven de la historia del Tour. El récord sigue en pie más de un siglo después y es de los que difícilmente se van a romper. Cornet tampoco era un santo: durante la carrera había sido amonestado por dejarse remolcar por un coche. Pero su falta se consideró menor y el título fue suyo.
Nunca volvió a rozar algo parecido: disputó el Tour siete veces más sin acercarse al podio. Maurice Garin, en cambio, sostuvo hasta el final de sus días que el vencedor legítimo de 1904 era él, aunque el historiador Les Woodland recogió que llegó a confesarle a un amigo que sí había hecho trampas. Aquel Tour, por cierto, también dejó el récord contrario: Henri Paret lo terminó con cincuenta años y sigue siendo el corredor más veterano que ha participado nunca.
El Tour de Francia ha terminado, y mucho me temo que su segunda edición habrá sido la última. Ha muerto de su propio éxito, de las pasiones ciegas que ha desatado.
Henri Desgrange, en L’Auto, julio de 1904
Lo que salvó al Tour
Desgrange no solo estaba furioso con los tramposos: le indignaba que la UVF hubiera juzgado su carrera después de que él ya hubiera repartido castigos a su gusto. Hubo un cruce de cartas agrio y una amenaza real de cancelación definitiva. Fue el momento en que el Tour estuvo más cerca de desaparecer para siempre.
Al final cambió de opinión, pero con condiciones. En 1905 el Tour se reinventó: etapas más cortas y numerosas, salidas de día y, sobre todo, una clasificación por puntos en lugar de por tiempo, pensada precisamente para que subirse a un tren dejara de ser rentable. Funcionó. El sistema de puntos duró hasta 1912 y, para entonces, la carrera ya era intocable.
Queda una lección incómoda y muy actual: el ciclismo no perdió la inocencia en los años noventa ni en los ochenta. La perdió en su segundo año de vida, cuando todavía se corría de noche y con bicicletas de una sola marcha. Todo lo que vino después —los reglamentos, los controles, los comisarios en moto— nació de aquel verano. Si te gustan los objetos que guardan estas historias, échale un ojo a nuestra colección: cada pieza es un pedazo de una carrera que aprendió a vigilarse a sí misma a base de escándalos.
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Sigue leyendo: El primer Tour de Francia (1903) y el periódico L’Auto.
Fuente: archivo histórico del Tour de Francia (Amaury Sport Organisation), hemeroteca de Le Petit Journal y Le Petit Parisien (Gallica, julio de 1904), Bill y Carol McGann, The Story of the Tour de France 1903-1964, y Christopher S. Thompson, The Tour de France: A Cultural History. Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.