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Cómo comen y cuánto: las 6.000 calorías diarias de un ciclista

Imagina que te sientas a desayunar y, antes de salir de casa, tienes que meterte entre pecho y espalda el equivalente energético de una comida completa de domingo. Luego pedaleas cinco horas comiendo sin parar. Llegas al hotel y cenas otra vez como si no hubieras probado bocado en todo el día. Y al día siguiente lo repites. Y al otro. Durante tres semanas. Eso, más o menos, es la vida digestiva de un ciclista en una gran vuelta: un trabajo a tiempo completo que no consiste en pedalear, sino en tragar.

Porque el ciclismo de tres semanas tiene un enemigo silencioso que no aparece en las clasificaciones: el déficit. Un corredor puede ser el más fuerte del pelotón y aun así perder el Tour por no haber sido capaz de comerse lo que ha quemado. El cuerpo no perdona una resta mantenida durante veintiún días.

Cinco mil, seis mil, ocho mil

Las cifras que se manejan en el pelotón suenan a error de cálculo. Un ciclista profesional durante el Tour de Francia se mueve entre las 5.000 y las 8.000 calorías diarias, y en una etapa alpina de alta montaña puede llegar a quemar más de 6.000 solo sobre la bicicleta. Para hacerse una idea: un adulto con un trabajo de oficina y algo de ejercicio necesita en torno a 2.400. Un corredor en un día grande gasta lo de tres personas normales y luego tiene que reponerlo antes de acostarse.

El problema es que comer ocho mil calorías no es un capricho, es una tarea. Y casi nadie la cumple del todo. Los nutricionistas de equipo lo repiten como un mantra: el objetivo es llegar a cero, pero la mayoría de los corredores acumula un pequeño déficit desde la primera semana, y ese agujero es prácticamente imposible de rellenar una vez abierto. De ahí los rostros hundidos de la tercera semana, esas mejillas que parecen haber envejecido cinco años en quince días.

Un día, cuatro apetitos Calorías por jornada 2.400 4.500 6.000 8.000 Oficina Etapa llana Alta montaña Ingesta objetivo

Cuando se comía en la fonda

No siempre hubo furgonetas con neveras. En los primeros Tour de Francia, la norma de Henri Desgrange era tan brutal como sencilla: nadie podía ayudar al corredor. Ni mecánicos, ni masajistas, ni mucho menos alguien que le acercara la comida. Si un ciclista quería comer, paraba. Entraba en una fonda del pueblo, se sentaba, pedía y volvía a subirse a la bicicleta con el estómago lleno y el cronómetro corriendo. Aquella prohibición de la asistencia externa se mantuvo, con matices, durante casi tres décadas.

El resultado era una dieta que hoy provocaría un infarto al nutricionista más templado. Maurice Garin, ganador de aquel primer Tour de 1903, era aficionado al vino y al tabaco y no le hacía ascos a parar en un bar del camino. El alcohol no solo no estaba prohibido: se consideraba combustible, y también anestesia. Circulan listas legendarias de lo que un campeón de la época era capaz de engullir en una prueba de veinticuatro horas —chuletas, litros de chocolate caliente, arroz, champán, ostras—, cifras tan espectaculares que conviene tomarlas con pinzas: pertenecen más al mito periodístico que al cuaderno de un dietista.

Lo que sí es seguro es que durante medio siglo el ciclista comió mal, tarde y a lo bruto. La ciencia llegó con mucho retraso a un deporte que ya llevaba décadas empujando cuerpos hasta el límite.

El día se come por bloques

Hoy la jornada de un corredor está dividida en ventanas de ingesta con la precisión de un horario de trenes. El desayuno se hace tres horas antes de la salida y es, con diferencia, la comida más importante: el nutricionista de Tadej Pogačar, Gorka Prieto-Bellver, ha explicado que su corredor debe cubrir del orden de 250 gramos de hidratos solo en el desayuno, en forma de porridge, tortitas, gofres o panes enriquecidos, con el reparto controlado desde una aplicación interna del equipo.

Después viene la carrera, donde ya no se come por placer sino por reloj. Y al bajar de la bicicleta se abre la ventana de recuperación: batido inmediato, comida sólida en el autobús, cena copiosa en el hotel. Entre medias, el masaje, la báscula y la pregunta de siempre: ¿cuánto te has dejado sin comer hoy?

El reloj del estómago −3 h EN RUTA +30 min NOCHE Desayuno ~250 g hidratos Avituallamiento cada 30-40 km Recuperación batido y sólido Cena y a dormir

Ciento veinte gramos por hora

Aquí está la revolución silenciosa de la última década, y no tiene nada que ver con las piernas. Durante años, el techo aceptado de absorción de hidratos de carbono en esfuerzo estaba en torno a los 60 gramos por hora; luego se estiró hasta los 90 combinando glucosa y fructosa, que viajan por transportadores intestinales distintos. Después llegaron trabajos como los del fisiólogo Tim Podlogar mostrando que ciclistas muy entrenados pueden asimilar hasta 120 gramos por hora sin descalabro digestivo.

La clave de esa palabra, «entrenados», es que el intestino también se entrena. Los equipos dedican semanas concretas de la temporada a subir la tolerancia: 100, 120, incluso 130 gramos por hora en sesiones específicas, hasta que el estómago deja de protestar. Un estudio de caso publicado en Sport Performance & Science Reports siguió a un corredor de 26 años durante una gran vuelta y documentó una media de 843 gramos de hidratos al día, con un pico de 1.100 gramos en la jornada más exigente. Mil cien gramos. Más de un kilo de azúcares en veinticuatro horas.

El techo que se movió Gramos de hidratos absorbibles por hora 60 90 120 solo glucosa glucosa + fructosa intestino entrenado El límite no estaba en el músculo: estaba en el intestino.

Qué hay dentro de la musette

La comida en carrera ya no se improvisa en una fonda. Todo lo que el corredor recibe pasa por una bolsa de tela y por un reglamento: la UCI obliga a que las zonas de avituallamiento a pie estén señalizadas cada 30-40 kilómetros y prohíbe entregar comida fuera de ellas, mientras que el suministro desde el coche del equipo mantiene otras reglas y una ventana final antes de que el avituallamiento se cierre por completo de cara a meta. La norma busca lo mismo que casi todo en el ciclismo moderno: igualar a los equipos ricos con los que no lo son.

Dentro de la musette conviven dos mundos. Por un lado, la química: geles, gominolas, bebidas con mezcla de glucosa y fructosa, barritas diseñadas para tragarse a 45 por hora sin masticar demasiado. Por otro, la cocina: el célebre rice cake, un pastelito de arroz blanco con algo de dulce o de salado que los cocineros de equipo popularizaron en la pasada década —Henrik Orre en el Sky, Hannah Grant en el Tinkoff-Saxo— y que sigue siendo el gran clásico casero del pelotón. Comida de verdad, envuelta en papel de aluminio, para los kilómetros en que el estómago ya no soporta otro gel.

El ciclista no entrena solo las piernas. Entrena el intestino, que es el otro músculo que decide las grandes vueltas.

Y en medio de toda esa ingeniería sigue estando el objeto más humilde y más necesario de la bicicleta: el bidón. Medio litro de agua con azúcares y sales que el corredor coge, aprieta, bebe y lanza. Es el único de todos estos utensilios que sobrevive a la carrera, que acaba en la cuneta, en la mano de un niño y, con suerte, décadas después en una estantería. Si te gusta que la historia del ciclismo se pueda tocar, echa un vistazo a nuestra colección: casi todos esos bidones han transportado alguna de estas calorías.

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Fuente: Velo (Outside), Cycling Weekly, Olympics.com (entrevista a Gorka Prieto-Bellver), Sport Performance & Science Reports, investigaciones de Tim Podlogar sobre absorción de hidratos, reglamento UCI de avituallamiento y We Love Cycling. Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.


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