En julio de 1911, Henri Desgrange escribió en L’Auto una frase que pretendía ser el peor insulto posible y acabó bautizando el oficio más noble del ciclismo. El destinatario era Maurice Brocco, un corredor francés al que una avería había dejado sin opciones de ganar el Tour y que, ya sin nada que perder, se había puesto al servicio de François Faber para ayudarle a llegar dentro del control. Desgrange, que soñaba con una carrera de hombres solos, lo consideró una deshonra. «No es digno», sentenció. «No es más que un domestique.» Un criado. Un sirviente.
Ciento quince años después, aquella palabra despectiva es un título. En español lo llamamos gregario, del latín grex, gregis: rebaño. El que va con los demás. El que no sale en la foto del podio pero sin el cual no habría foto.
El insulto que se convirtió en oficio
Brocco no se quedó callado. En la etapa siguiente, entre Luchon y Bayona, atacó y ganó con treinta y cuatro minutos de ventaja sobre Gustave Garrigou, el hombre que acabaría llevándose aquel Tour. Fue una réplica en forma de bofetada: si soy un criado, mirad de qué es capaz un criado. No le sirvió de nada. Su recurso fue rechazado y Desgrange lo expulsó igualmente de la carrera.
El fundador del Tour se pasó las dos décadas siguientes librando una guerra perdida contra la ayuda mutua. La prohibió, la persiguió, la castigó. Y en 1930, cuando reorganizó la carrera por equipos nacionales —con bicicletas amarillas idénticas suministradas por la organización—, tuvo que rendirse a la evidencia: el ciclismo es un deporte individual que solo se puede correr en equipo. A partir de ahí, el gregario dejó de ser una trampa para convertirse en una figura del reglamento no escrito.
Qué hace exactamente un gregario
La descripción del puesto cabe en una frase: gastar sus fuerzas para que otro no gaste las suyas. Pero el detalle es más prosaico de lo que la épica sugiere.
El gregario se descuelga hasta el coche del director, carga bidones —el australiano Adam Hansen llegó a subir once de golpe, repartidos por el maillot, las manos y los portabidones— y vuelve a remontar cien puestos de pelotón con ese peso extra. Lo hace cuatro, cinco, seis veces en una etapa. Protege al líder del viento, le cede la rueda, le tapa los huecos, sube las pendientes al ritmo exacto que le han ordenado y, si hace falta, le da su propia bicicleta y se sienta en la cuneta a esperar el coche de repuestos.
El número que justifica todo ese esfuerzo lo puso sobre la mesa el ingeniero Bert Blocken en 2018, en la mayor simulación aerodinámica hecha nunca en el deporte: modelizó un pelotón de 121 ciclistas con tres mil millones de celdas de cálculo y validó los resultados en cuatro túneles de viento distintos. El hallazgo es casi obsceno: un corredor situado en el centro o en la cola del pelotón soporta solo entre el 5 % y el 10 % de la resistencia al aire que tendría rodando solo. Dicho de otro modo: el gregario que va delante está pagando una factura diez o veinte veces mayor que la del jefe de filas que lleva pegado a la rueda.
El gregario de lujo: cuando el criado fue rey
Hay una categoría aparte, y España dio uno de sus ejemplos más célebres. En el Tour de 1991, Banesto arrancó con Pedro Delgado como jefe de filas: campeón en 1988, tercero en 1989, cuarto en 1990. En la etapa 12, camino del Tourmalet, las piernas de Perico dijeron basta. Aquella misma tarde el equipo cambió de dueño y Delgado asumió sin dramas que a partir de entonces trabajaría para un navarro de veintiséis años llamado Miguel Induráin. Lo hizo durante tres Tours, hasta 1994. Un ganador del Tour llevando bidones para otro: eso es un gregario de lujo.
El otro tipo de gloria es la del día libre. El 18 de julio de 1994, Eros Poli —casi 1,94 de estatura, el último hombre del tren de Mario Cipollini y uno de los peores escaladores del pelotón— se escapó en solitario porque su esprínter estaba lesionado y nadie le había dado órdenes. Rodó 171 kilómetros solo, llegó al pie del Mont Ventoux con más de veinticinco minutos de ventaja calculados a conciencia, se dejó devorar por la montaña sin desesperarse y aún cruzó la meta de Carpentras con 3 minutos y 39 segundos sobre Marco Pantani. Aquel Tour se llevó también el premio de la combatividad. Una vez en la vida, el que siempre empujaba llegó primero.
«No es digno. No es más que un domestique.»
Henri Desgrange sobre Maurice Brocco, L’Auto, 1911
Lo que cobra el que no gana
El gregario moderno no vive de la épica. La UCI fija un salario mínimo para los equipos del WorldTour que en 2025 rondaba los 44.000 euros brutos anuales para un corredor asalariado, una cifra que muchos gregarios jóvenes no superan demasiado. Frente a eso, los jefes de filas del pelotón se mueven en millones. Existe además la costumbre —vieja como el oficio, y nunca escrita en ningún contrato— de repartir entre todo el equipo las primas ganadas por el líder: el maillot amarillo cobra, el autobús cobra, el mecánico cobra.
También ha cambiado el perfil. Durante décadas el gregario era el que no daba para más; hoy es, a menudo, un corredor que en otro equipo sería líder y que ha elegido —o aceptado— rodar para alguien mejor. Las plantillas se diseñan como piezas de relojería: el rodador que tira en llano, el escalador que acompaña hasta los últimos tres kilómetros, el road captain que decide por radio cuándo se reacciona.
Por qué el coleccionista los quiere
Aquí viene la paradoja que nos interesa. El maillot del ganador suele acabar enmarcado en un museo o en una vitrina privada intocable. El bidón que el gregario lanzó a la cuneta en el kilómetro 140, en cambio, llegó a las manos de alguien que estaba allí. Los objetos que sobreviven del pelotón casi nunca son los del podio: son los del trabajo. Bidones con marcas de dientes, musettes arrugadas, gorras sudadas, dorsales con los cuatro imperdibles todavía puestos.
Coleccionar ciclismo es, en el fondo, coleccionar gregarios. Cada pieza de nuestra colección pasó antes por unas manos que estaban trabajando para otro, y esa es exactamente la razón por la que existe: nadie guarda lo que nunca se usó.
Llévate un trozo de esta historia
Si después de leer esto te han entrado ganas de rodar como un gregario —o al menos de vestirte como uno—, aquí van cuatro ideas para empezar.
- Bidones de ciclismo vintage — el objeto que define el oficio: el gregario los lleva, el líder los bebe.
- Musettes de avituallamiento — la bolsa que se recoge al vuelo y se reparte sobre la marcha.
- Maillots retro de lana — los que llevaban los peones del pelotón cuando el Tour se corría por equipos nacionales.
- Libros de historia del Tour — donde Brocco, Poli y compañía por fin salen en la foto.
Entre nosotros: algunos enlaces son de afiliado de Amazon. Si te llevas algo por aquí, a ti no te cuesta ni un céntimo más y a este rincón ciclista le ayudas a seguir rodando. ¡Gracias! #publi
Sigue leyendo: Eddy Merckx, «el Caníbal»: el ciclista más dominante de la historia.
Fuente: hemeroteca de L’Auto (1911) citada en Wikipedia (Maurice Brocco, Tour de Francia 1911); Wikipedia (Eros Poli, Pedro Delgado); Bert Blocken y otros, «Aerodynamic drag in cycling pelotons» (Universidad Técnica de Eindhoven y KU Leuven, 2018); tablas de salario mínimo de la UCI para equipos WorldTour; hemeroteca deportiva española sobre el Banesto de 1991. Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.