El 18 de abril de 1921, Francis Pélissier entró en el velódromo de Tours rodando sobre las llantas. La París-Tours de aquel año se había corrido bajo una auténtica tormenta de nieve entre Chartres y Châteaudun, luego con lluvia y barro, y de los 63 corredores que salieron solo ocho llegaron a meta. Pélissier había pinchado las dos ruedas y no quiso pararse a cambiarlas: dio las tres vueltas finales a la pista sobre el metal y ganó tras casi quince horas de carrera. Un siglo después, cuesta creer que hablemos de la misma prueba a la que Europa conoce como «la clásica de los esprinters», la más llana y veloz del calendario. Pero la París-Tours siempre ha sido así: plácida en el mapa e imprevisible en la carretera.
1896: una carrera para estrenar un velódromo
La París-Tours nació el mismo año que la París-Roubaix y casi por el mismo motivo. La organizó la revista Paris-Vélo para celebrar la apertura del velódromo de Tours, y la primera edición se disputó el 17 de mayo de 1896: unos 250 kilómetros que el francés Eugène Prévost cubrió en 8 horas y 8 minutos, tras una escapada. Era una carrera para aficionados. Volvió en 1901, ya con profesionales, y con el paso de los años se convirtió en una cita fija del final de temporada, cuando el pelotón cierra el curso entre las hojas que caen.
El recorrido parecía sencillo: salir de la capital, cruzar la Beauce, esa llanura de trigo interminable, y llegar al valle del Loira. Pero la llanura tiene trampa. Sin montañas que hagan la selección, la carrera se decide por el viento, los nervios y las piernas de los últimos kilómetros. Los franceses la apodaron «la carrera de los lebreles» por lo rápido que se rodaba, y el mote acabó convertido en una medalla.
La cinta amarilla de la clásica más rápida
En 1936, Henri Desgrange, el padre del Tour, creó el Ruban Jaune, la «cinta amarilla»: un premio simbólico para el corredor que ganase una clásica profesional a la media más alta de la historia. Eligió el amarillo por el mismo motivo que el del maillot: era el color del papel de su periódico, L’Auto. El primer poseedor fue el belga Gustave Danneels, que ganó aquella París-Tours a 41,46 km/h.
Lo llamativo es lo que vino después. De los trece récords que figuran en la lista del Ruban Jaune, nueve se batieron en la París-Tours. El español Óscar Freire lo hizo en 2010, a 47,73 km/h, y el italiano Matteo Trentin dejó la marca en 49,64 km/h en 2015, sobre 231 kilómetros. Hasta su bicicleta se personalizó para recordar la hazaña. Trentin la tuvo cuatro años, hasta que Philippe Gilbert la superó en 2019 en una etapa de la Vuelta a España a 50,63 km/h.
1965: sin cambio de marchas y todavía más rápido
La velocidad llegó a preocupar a los organizadores, que en 1965 probaron un remedio curioso: prohibir el cambio de marchas tal como se usaba entonces. Los corredores tenían que tomar la salida con muy pocos desarrollos, de modo que cambiar de marcha obligaba a echar pie a tierra. El británico Barry Hoban lo recordaba así años después:
«Nos dejaban un solo plato y tres piñones. Si querías cambiar de marcha, tenías que pararte y pasar la cadena con la mano».
Barry Hoban, sobre la París-Tours de 1965, en PezCycling News
El experimento salió al revés. Según Hoban, Jacques Anquetil se empeñó en rodar con un 53×13 todo el día y acabó obligando a todo su equipo a parar con él para cambiar de piñón. El neerlandés Gerben Karstens organizó con sus compañeros una parada conjunta antes del esprint final y ganó a 45,029 km/h, la media más alta registrada hasta entonces en la carrera. Moraleja: si quieres frenar a un pelotón, no le quites marchas.
Años de mudanza y la recta de Grammont
Entre 1974 y 1987, la París-Tours vivió su crisis de identidad. Cambió de salida y de llegada cada pocos años (Tours-Versalles, Blois-Chaville, Blois-Montlhéry, Créteil-Chaville) y en algunas ediciones se corrió con el nombre de Grand Prix d’Automne, el Gran Premio de Otoño. Ni siquiera acababa siempre en Tours.
En 1988 recuperó su recorrido original y estrenó su símbolo: la avenida de Grammont, una recta interminable, de unos 2,6 kilómetros, hacia el centro de Tours. Era un sueño para los esprinters y una pesadilla para los escapados, que veían llegar al pelotón desde lejos. Allí ganaron tres veces el alemán Erik Zabel (1994, 2003 y 2005) y una Freire, y allí Richard Virenque se dio el gusto en 2001 de llegar solo, dejando de pedalear con el dedo en alto. Desde 2011 la recta se acortó a unos 800 metros por las obras del tranvía, inaugurado en 2013, y en 2025 la meta se trasladó al bulevar Béranger, a dos pasos del ayuntamiento, para acercarla a las últimas dificultades. La avenida de Grammont fue la meta durante 37 años.
2018: llegan las viñas y se arma el lío
El gran cambio, y el más discutido, llegó en 2018. Los organizadores, de la misma casa que el Tour, trasladaron la salida a Chartres y metieron en los últimos 60 kilómetros nueve sectores de caminos de tierra entre los viñedos del Loira, los chemins de vignes, además de varias cotas cortas y duras. La primera edición del nuevo formato la ganó el danés Søren Kragh Andersen, que atacó a 11 kilómetros de meta y llegó con 25 segundos sobre Niki Terpstra y Benoît Cosnefroy. Por el camino, los pinchazos se cebaron con favoritos como Philippe Gilbert y Tiesj Benoot.
Las críticas fueron inmediatas. Patrick Lefevere, director del Quick-Step, anunció que sería la última vez que su equipo corría la prueba, «aunque ganemos», porque aquello no tenía «nada que ver con el ciclismo en carretera». Oliver Naesen habló de una lotería por las piedras afiladas, y Arnaud Démare reconoció que el recorrido era bonito para la televisión, pero que prefería el de siempre. Christian Prudhomme, director del Tour, defendió la idea: si no queda «nada de locura» en el diseño de las carreras, dijo, el ciclismo se estrella. Démare, por cierto, acabó ganando las ediciones de 2021 y 2022 con las viñas incluidas.
La fórmula se ha quedado. En 2025 la carrera tuvo 211,6 kilómetros, nueve cotas y 9,5 kilómetros de caminos repartidos en nueve sectores en los últimos 70. La París-Tours ya no es solo para esprinters: hoy se parece más a una clásica flamenca con sabor a vino que a la vieja carrera de los lebreles.
El club de las tres victorias, y la edición 120
Nadie ha ganado la París-Tours más de tres veces, y solo cinco corredores lo han hecho tres: los belgas Gustave Danneels y Guido Reybrouck, el francés Paul Maye, el alemán Erik Zabel y Matteo Trentin, que se unió al grupo en 2025, a los 36 años, con el maillot del Tudor. Lo hizo como se gana la París-Tours moderna: en un contraataque a 17 kilómetros de meta con Christophe Laporte, Albert Philipsen y Stefan Bissegger, que cazó a los últimos escapados dentro del último kilómetro. Bélgica es el país con más victorias. Eddy Merckx, en cambio, nunca la ganó.
La París-Tours también guarda un desafío de otoño para los más completos: ganarla el mismo año que Il Lombardia, la otra gran clásica de octubre. Lo han conseguido Rik Van Looy en 1959, Jo de Roo en 1962 y 1963 y Philippe Gilbert en 2009. Este año, las dos se corren en días consecutivos: Lombardía el sábado 10 de octubre y la París-Tours el domingo 11, entre Chartres y Tours, sobre 216,2 kilómetros. Será la edición número 120. Habrá viñas, habrá viento y, si la historia sirve de algo, habrá alguien que llegue a la recta pensando que la carrera era fácil.
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Fuente: web oficial paris-tours.fr («A revamped finish» y «Tours triple triumph for Trentin», 2025; recorrido 2026); Wikipedia en inglés, francés y español («Paris–Tours», «1896 Paris–Tours», «1965 Paris–Tours», «Ruban Jaune», «Avenue de Grammont»); BDC Mag («La corsa più dura: Paris-Tours 1921»); PezCycling News (previa de la París-Tours 2006, con el testimonio de Barry Hoban); Cyclingnews (declaraciones de Prudhomme, Lefevere, Naesen y Démare, octubre de 2018); Cycling Weekly (crónica de la edición de 2018); Velofute (previa de la edición de 2025). Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.