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Los maillots de campeón: arcoíris, nacional y por qué dan mala suerte

Ilustración: maillot arcoíris de campeón del mundo

Hay una camiseta en el ciclismo que solo se puede vestir durante 365 días. No se compra, no se hereda y no se cambia por otra: se gana pedaleando más rápido que nadie en un día concreto de septiembre. Es el maillot arcoíris del campeón del mundo, la prenda más codiciada del pelotón y, según una vieja superstición, también la más peligrosa. Junto a ella conviven los maillots de campeón nacional, esas banderas cosidas al pecho que uno reconoce de reojo en cualquier carretera. Detrás de todos ellos hay un reglamento minucioso, una jerarquía silenciosa y una leyenda que lleva un siglo asustando a los mejores.

Cinco colores prestados a los Juegos Olímpicos

El maillot arcoíris es blanco con cinco franjas horizontales sobre el pecho: azul, rojo, negro, amarillo y verde. No es una gama elegida por su belleza, sino un préstamo directo de la bandera olímpica que Pierre de Coubertin presentó en 1913. Son los cinco colores que, combinados con el fondo blanco, permiten reproducir la enseña de cualquier país del mundo, y por eso representan a los cinco continentes. El ciclismo los adoptó para su campeón mundial y los convirtió en un símbolo instantáneo: quien viste el arcoíris es, literalmente, el mejor del planeta en su disciplina.

La UCI formalizó el reconocimiento en 1927, en el Mundial disputado en el circuito alemán de Nürburgring. El primer campeón oficialmente investido con el maillot fue el italiano Alfredo Binda, uno de los grandes dominadores de aquella época. Desde entonces, cada campeón del mundo de ruta, de contrarreloj, de pista o de las demás especialidades recibe su propio arcoíris.

CAMPEÓN DEL MUNDO

Solo un año, y solo donde ganaste

Las reglas del arcoíris son estrictas y muy poco intuitivas. El campeón lo lleva durante un año, pero únicamente en la disciplina exacta en la que lo conquistó. El campeón del mundo de ruta viste el maillot en las carreras de ruta; el de contrarreloj, solo cuando corre contra el reloj. Un mismo corredor no puede pasearse con el arcoíris en cualquier prueba solo por haber sido campeón: si gana la ruta, en las cronos vuelve al maillot de su equipo. Es una distinción por especialidad, no un trofeo universal.

Cuando termina ese año, el privilegio no desaparece del todo. El excampeón del mundo conserva para el resto de su carrera el derecho a lucir las cinco franjas del arcoíris en el cuello y los puños de su maillot habitual. Es un detalle discreto, casi un guiño, que en el pelotón funciona como un galón militar: quien lo lleva fue, alguna vez, el número uno del mundo. Existe además una jerarquía clara entre maillots distintivos. Sobre cualquier otro manda el arcoíris; por debajo quedan los títulos continentales y, después, los nacionales. Un corredor nunca acumula dos a la vez: siempre viste el de mayor rango que ostente.

MUNDO CONTINENTE NACIÓN

El maillot de campeón nacional: la bandera en el pecho

Un escalón por debajo del arcoíris está el maillot que más se ve en el pelotón: el de campeón nacional. Cada verano, los ciclistas de un mismo país se enfrentan en sus campeonatos y el ganador se lleva el derecho a vestir, durante todo un año, un maillot con los colores y símbolos de su nación. Por eso reconocemos de un vistazo la bandera tricolor francesa, la roja y gualda española o los colores de Bélgica o Italia rodando en cabeza de una etapa.

Aquí el reglamento de la UCI vuelve a ser sorprendentemente detallista. El diseño del maillot —colores, bandera y dibujo— debe ser aprobado por la federación nacional correspondiente, que además está obligada a registrarlo ante la UCI para cada disciplina al menos veintiún días antes del campeonato. El corredor que lo gana debe llevarlo en todas las circunstancias: en competición, en el podio, en las ruedas de prensa, en las entrevistas de televisión, en las firmas de autógrafos y hasta en las sesiones de fotos. Y hay una zona sagrada: sobre la manga izquierda, donde suele ir la bandera nacional, no se permite ninguna inscripción publicitaria. Es el único rincón del maillot que la nación se reserva para sí misma.

CAMPEÓN NACIONAL

La maldición del arcoíris

Y llegamos a la parte oscura de la leyenda. En el pelotón se habla desde hace décadas de la «maldición del arcoíris»: la idea de que la temporada siguiente a ganar el Mundial suele torcerse para el campeón. No es magia, pero la lista de desgracias impresiona. Tom Simpson, campeón del mundo en 1965, apenas pudo lucir el maillot en 1966: se fracturó la tibia esquiando y después sufrió una dura caída en el Galibier durante el Tour. El italiano Alessandro Ballan, campeón en 2008, fue diagnosticado con un citomegalovirus y se perdió media temporada de 2009. Y nombres como Óscar Camenzind, Laurent Brochard o Romāns Vainšteins prácticamente se esfumaron del mapa tras enfundarse las cinco franjas.

Los casos más sombríos son antiguos. El belga Jean-Pierre Monseré, campeón del mundo en 1970 con solo veintiún años, falleció en marzo de 1971 en plena carrera, cuando aún vestía el arcoíris. Antes, el también campeón Stan Ockers había muerto en 1956 tras un accidente en el velódromo de Amberes. Historias así alimentaron durante generaciones el temor supersticioso.

¿Existe de verdad la maldición? La explicación racional es mucho menos misteriosa. El campeón del mundo se convierte en el corredor marcado de la temporada: todos vigilan su maillot, todos quieren batir al número uno y nadie le regala una fuga. A eso se suma la presión mediática y las obligaciones que multiplica el título. No es brujería: es que ganar el Mundial pone una diana en la espalda. Y conviene recordar a los que la esquivaron, como Mario Cipollini, que tras vencer en 2002 siguió acumulando victorias sin el menor síntoma de mala suerte.

El arcoíris no lo lleva quien lo compra, sino quien lo gana. Y solo durante un año: después, la vida se encarga de recordarte que eras humano.

Por qué el coleccionista los adora

Para quien colecciona, un maillot de campeón es una cápsula del tiempo perfecta. Al vestirse un solo año y solo en una disciplina, cada arcoíris pertenece de forma inequívoca a un corredor y a una temporada concretos: no hay pieza más fechada ni más rastreable. Lo mismo ocurre con los maillots de campeón nacional, que combinan la historia del ciclismo con la de los símbolos de cada país. Son objetos que cuentan dos relatos a la vez, el deportivo y el heráldico, y por eso ocupan un lugar de honor en cualquier vitrina. Si te gustan estas historias tejidas en tela, échale un vistazo a nuestra colección: cada prenda esconde su propio año, su propio campeón y, quién sabe, quizá su propia maldición.

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Sigue leyendo: El maillot arcoíris y la «maldición» del campeón del mundo.

Fuente: Wikipedia (Maillot arcoíris), Rouleur, Volata Magazine, Reglamento UCI del Deporte Ciclista y hemeroteca ciclista sobre la «maldición» del arcoíris. Ilustraciones originales de El álbum del pelotón.


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